PAJILLAS MENTALES

Anónimo

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En mi formación como estudioso de la filosofía tuvieron primacía aquellos pensadores que han sabido encontrar en la palabra, en la dimensión lingüística de nuestras vidas, la sustancia de nuestro estar en el mundo, y que, por consiguiente, han enseñado también a ver de qué manera la corrupción de nuestros hábitos verbales constituye al mismo tiempo, y por definición, una mengua de nuestra condición moral e intelectiva. Esa consideración filosófica del lenguaje como experiencia humana radical se ha visto complementada para mí a lo largo de años, en la práctica, por la vivencia diaria en las aulas de clase. En ellas, igual que en los pasillos del claustro universitario, es inevitable comprobar de qué manera la palabra, más que simple transmisora de conocimientos, es cinceladora de personalidades, definidora de relaciones intersubjetivas, señaladora de compromisos con el mundo y, desde luego, argamasa que permite dar unidad y cohesión a una identidad en trance de maduración intelectual y moral. Al mismo tiempo -innecesario precisarlo- esa misma palabra, puesta al servicio de la falsedad y del ocultamiento, puede ser, es y ha sido en nuestro país el más eficaz vehículo de la degradación personal y social, el más poderoso corrosivo de la democracia y de la paz en nuestra comunidad política. La reflexión teórica sobre estos poderes destructivos de la palabra puede ser encontrada, ciertamente, en diversos hitos de la tradición filosófica que invoco, desde la aurora presocrática hasta las escuelas hermenéuticas contemporáneas, pasando por la intensa meditación heideggeriana. Sin embargo, a mí me tocó pasar de la meditación abstracta a la comprobación empírica gracias a una experiencia privilegiada y dolorosa al mismo tiempo como lo fue la investigación sobre la violencia realizada hace pocos años por la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Será por tanto imposible que la reflexión que deseo proponerles quede desligada de esa vivencia, que por un lado fue confrontación con un lenguaje deshumanizador y con la mentira como opción pública, y por otro lado, afortunadamente, me deparó el hallazgo de la palabra de las víctimas como último reducto de la dignidad humana ahí donde todo parecía haber sido perdido.

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