PAJILLAS MENTALES

La pérdida de las estrellas

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El agua de las duchas estaba realmente fría. Los niños, entre la protesta y la broma, se  negaban a entrar. Pero como quiera que mojarse con agua helada en verano tiene su parte divertida (en realidad, con diez años todo lo alejado de la escuela y la familia tiene su parte divertida), acabaron por ducharse entre gritos y risas. Fuera, en la explanada llena de tiendas de campaña, el sol se escapaba del valle. Era el primer día de campamento.

Cuando estuvieron todos moderadamente limpios y secos, emprendieron la carrera hacia las tiendas, hacia la ropa seca, envueltos en sus toallas. A toda prisa entraron en ellas para vestirse. Mientras, el sol había acabado por irse, y el cielo estaba ya oscuro.

Los profesores los llamaron al comedor. El hambre le s sacó de un tirón de las tiendas. En mitad de la corta carrera en pos de la cena, atravesando el claro rodeado de pinos, un niño miró al cielo. Ahogó un grito y paró en seco, los ojos tan abiertos como la boca. Otro que iba junto a él se dio cuenta a los pocos metros de que corría solo, se paró en seco, miró atrás y vio a su amigo con la cabeza vuelta hacia arriba y la boca abierta. Entonces él miró al cielo, y se quedó exactamente igual. Y luego otro, y otro, y otro. Todos, uno por uno, algunos a mitad carrera, otros volviendo del cobertizo que hacía las veces de comedor, se quedaron en silencio, mirando al cielo. Los profesores, extrañados, hicieron lo mismo, y no vieron nada… excepto mil estrellas. Algo turbados, se dirigieron a los niños a preguntar qué les había sorprendido, pero éstos se adelantaron: “¿eso son estrellas? ¿Tantas? ¿Tan brillantes? ¿Tan…bonitas? ¿Desde cuándo están ahí? ¿Por qué han aparecido esta noche? ¿Por qué nunca antes las habíamos visto?” Y mil y una preguntas más, preguntas que los profesores contestaron pacientemente. Para la mayoría de alumnos, si no para todos, era una primera vez que salían de la ciudad con cierto uso de razón, y el hecho de no poder disfrutar de ese espectáculo en sus barrios, sus calles, les extrañaba, y, de alguna forma, les enfadaba. Los adultos explicaron lo que era la contaminación lumínica. “Es culpa de la gran cantidad de luz artificial, de coches, casas y sobre todo farolas que hay en la ciudad. La luz de todo esto tapa la de las estrellas”, les dijeron. Al saber que no iban a poder disfrutar de ese cielo a la vuelta a sus casas, pidieron cenar todos los días en la explanada. Quince cenas a la luz de la luna y de las estrellas, más otras tantas veladas llenas de historias de constelaciones, dioses griegos, estrellas fugaces y astros lejanos. Los profesores, sorprendidos y encantados del repentino interés de los niños, intentaban aprovecharlo al máximo de una forma didáctica. Y ellos escuchaban mirando al cielo, embobados. Preguntando muy, muy de vez en cuando.

Los días pasaron inventando, elucubrando, soñando en voz alta, discutiendo, eligiendo, incluso, estrella favorita. Y conforme se acercaba septiembre,, conforme llegaba el momento de volver, los sueños, las discusiones, las invenciones, se hacen más grises. Ese color se iba instalando en el interior de todos y cada uno de los niños. Iba llegando poco a poco, y no se dieron cuenta de que estaba allí hasta que llegó el último día, el día en que tenían que irse. La última noche la habían pasado en silencio durmiendo al raso, o más bien no durmiendo. En el pequeño mundo privado que construía cada saco de dormir, todos vertieron alguna lágrima.

Y se fueron. El silencio siguió en el autobús, en la llegada, e incluso en las casas de cada uno. Los padres, evidentemente, se extrañaban, preguntaban si nom lo habían pasado bien, y ante la explicación de la pérdida de las estrellas las reacciones iban de la preocupación al reproche, pasando por la comprensión, pero casi siempre acababan en un “son cosas de niños”, dicho o pensado, que parecía dar respuesta a todo. Pero esa noche cincuenta ojos miraron con tristeza al mismo cielo a través de cincuenta ventanas, justo antes de cerrarse para que sus propietarios durmiesen. Y cincuenta cabecitas desearon e intentaron con todas sus fuerzas reencontrarse con ese millón repuntos de luz entre la madeja de sueños. Muchas lo consiguieron.

Como quiera que la memoria de los niños es corta, la tristeza fue desapareciendo poco a poco. Pero en algunos de ellos, los más soñadores, los más traviesos, los más rebeldes, esa emoción dejó paso a la rabia, al enfado. Ese mismo enfado que atisbaron al enterarse, semanas atrás, en aquel ya casi lejano quince de agosto, de por qué no habían podido disfrutar de las estrellas antes. Y fueron esos últimos niños quienes, en realidad, lo iniciaron todo.

El siete de septiembre comenzó el nuevo curso. En las clases los profesores quisieron que sus alumnos hablasen del campamento, y las estrellas brillaron por un instante en las aulas. Y siguieron brillando en el recreo. En los recreos, de hecho, de los días sucesivos. Entre profesores y niños imaginativos hicieron el trabajo. Los unos, por querer seguir aprovechando el tirón, los otros, por pura inercia. Recuerdos, palabras, y rabia. Sí, la rabia ardía, tenuemente al principio. Y se contagió, o mejor dicho, fue despertada, en casi todos los niños. Y bueno, todos hemos sido pequeños, todos sabemos cómo corren las historias en los patios de colegio, cómo crecen de boca en boca, a cada minuto, y se tornan cuentos fantásticos. Al cabo de una semana no había niño o niña que no supiera de la existencia de un manto de luz impresionante, deslumbrante, que las farolas, las casas, los coches nos impedían ver. Y aquellos que bien en el campamento, bien en otra ocasión, habían disfrutado de esa maravilla la relataban con pelos, señales y pequeñas grandes mentiras. Los profesores se enteraban de todo esto en parte, y en parte también les sorprendía, pero al fin y al cabo son adultos, y aplicaban el consabido “son cosas de niños”. Ellos ya habían visto nacer, crecer y morir modas similares. Aunque, sin duda, nadie recordaba una tan romántica.

Hacia el octavo o noveno día de curso el plan comenzó a tomar forma. A esas alturas parte de la leyenda de las estrellas había salido del colegio, hacia otros niños. Y el plan también se extendió. Finalmente, se fijó fecha y hora, y ésta corrió como… como sólo pueden correr las noticias entre los niños. El viernes siguiente, hacia las diez de la noche, en el solar desocupado junto al parque. Era un sitio apartado, pero conocido por toda la camada del barrio, y lleno de piedras. Perfecto. Cada uno debía de arreglárselas como buenamente pudiera para salir de su casa. Y a muchos padres les sorprendería, más tarde, la habilidad de sus hijos en ese aspecto.

Contaban más de setenta. Cien, dirían algunos. Intentaban armar el menor alboroto posible, cosa difícil con tantas personas juntas comprendidas entre los nueve y los doce años. Nadie dijo nada en voz alta, nadie intentó dirigir. Todos sabían a qué habían ido, y lo que tenían que hacer. Recogieron tantas piedras como pudieron guardar en sus bolsillos, chaquetas y mochilas, y se internaron en el barrio. Son orden ni concierto, las piedras comenzaron a volar, y las farolas empezaron a quebrarse, y las luces, a apagarse. Rompían, y corrían. Rompían, y corrían. Los adultos comenzaron a salir a las ventanas, a la calle, a gritarles, a perseguirlos, a intentar detenerlos. Pero los niños seguían adelante, matando la luz que les robaba las estrellas. Los padres no entendían nada. Veían vandalismo irracional. Los niños seguían corriendo y rompiendo, corriendo y rompiendo. El ruido de cristales rotos conquistó las calles por unos minutos, adquirió un ritmo, una cadencia. Duró poco, pero resultó efectivo.

Para cuando los adultos hubieron atrapado al último niño, la barriada entera estaba a oscuras. De treinta manzanas, pocas se habían salvado. Y entonces, en cada casa, en cada salón, salita, recibidor, habitación o comedor, vino la reprimenda, la riña, los gritos, la incomprensión e incluso algún golpe. Hubo niños que no supieron explicar a sus padres por qué habían hecho lo que habían hecho. Otros ni siquiera lo intentaron. Al final, todos se fueron a sus dormitorios. Y todos miraron por las ventanas el cielo azul marino, triste, anodino, vacío. Esa noche muchos niños se metieron en la cama con una vaga confusión. Otros, con el leve placer oculto de la travesura. Y los menos, aquellos más rebeldes, soñadores y traviesos, se durmieron sintiéndose en un mundo ajeno, hostil, un mundo que sentían que no iba a poder cambiar; ni con palabras, ni con piedras.

Y cuenta la leyenda que, al correr de los años, estos pequeños rebeldes, no supieron encontrar en sus vidas un hueco donde esconder el descontento... Y se buscaron... y se encontraron. Y en este mismo instante estan pensando en los sueños que tuvieron, en los sentidos olvidados, y realizan un ritual iniciático para lanzarse al mundo a volver a buscar las estrellas ocultas. Saben, sabemos, que esta vez no bastará con romper farolas..

(Gracias Jorge por tus cuentos que nos hacen despertar y a Geles, que con este final nos haces sentir protagonistas de la fantasía)

18/12/2007 18:54 Autor: noentiendona. #. Tema: RETALES DE MI VIDA ......

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