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PAJILLAS MENTALES

SI TE LO EXPLICARA, NO LO ENTENDERÍAS...

Anónimo

Anónimo  

En mi formación como estudioso de la filosofía tuvieron primacía aquellos pensadores que han sabido encontrar en la palabra, en la dimensión lingüística de nuestras vidas, la sustancia de nuestro estar en el mundo, y que, por consiguiente, han enseñado también a ver de qué manera la corrupción de nuestros hábitos verbales constituye al mismo tiempo, y por definición, una mengua de nuestra condición moral e intelectiva. Esa consideración filosófica del lenguaje como experiencia humana radical se ha visto complementada para mí a lo largo de años, en la práctica, por la vivencia diaria en las aulas de clase. En ellas, igual que en los pasillos del claustro universitario, es inevitable comprobar de qué manera la palabra, más que simple transmisora de conocimientos, es cinceladora de personalidades, definidora de relaciones intersubjetivas, señaladora de compromisos con el mundo y, desde luego, argamasa que permite dar unidad y cohesión a una identidad en trance de maduración intelectual y moral. Al mismo tiempo -innecesario precisarlo- esa misma palabra, puesta al servicio de la falsedad y del ocultamiento, puede ser, es y ha sido en nuestro país el más eficaz vehículo de la degradación personal y social, el más poderoso corrosivo de la democracia y de la paz en nuestra comunidad política. La reflexión teórica sobre estos poderes destructivos de la palabra puede ser encontrada, ciertamente, en diversos hitos de la tradición filosófica que invoco, desde la aurora presocrática hasta las escuelas hermenéuticas contemporáneas, pasando por la intensa meditación heideggeriana. Sin embargo, a mí me tocó pasar de la meditación abstracta a la comprobación empírica gracias a una experiencia privilegiada y dolorosa al mismo tiempo como lo fue la investigación sobre la violencia realizada hace pocos años por la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Será por tanto imposible que la reflexión que deseo proponerles quede desligada de esa vivencia, que por un lado fue confrontación con un lenguaje deshumanizador y con la mentira como opción pública, y por otro lado, afortunadamente, me deparó el hallazgo de la palabra de las víctimas como último reducto de la dignidad humana ahí donde todo parecía haber sido perdido.

lingüística

Hace tiempo leí que ciertas tribus africanas creen que si el chamán señala a alguien con un hueso humano y pronuncia con voz estridente una oscura palabra, puede provocarle la muerte en el acto. Pero este sortilegio sólo podrá ser efectivo si la víctima realmente cree en el hechizo.
La palabra. Lo que nos confiere un privilegio inusual en el medio del
que ineludiblemente formamos parte. Nada de lo que vemos tendría sentido exento del lenguaje que dota de
poder simbólico la realidad circundante. Las experiencias que atravesamos, los estímulos que recibimos, todo
posee una traducción que construye y modela los circuitos neuronales que conforman la capacidad de percibir, pensar y sentir de una determinada manera. Y dicha construcción, al estar estrechamente
vinculada a la versión lingüística de lo inmaterial se encuentra tan
limitada como el lenguaje que la sustenta. En esta comunicación preponderantemente intrínseca, en la que la
interpretación subjetiva del suceso es decisiva, están incluidos
factores como: las experiencias pasadas, la cultura, la escala de
valores o la autoestima; todas ellas bajo el mismo manto conectivo: la
palabra. Existen tantas realidades como puntos de vista puedan surgir. El ser
conscientes de que tu visión es sólo una perspectiva más, te amplía los
horizontes de la comprensión hasta límites impuestos por tu inquietante
ignorancia.
No es lo que vivas, sino cómo lo vivas. En este proceso del cómo
somos incesantes interlocutores de la práctica con nosotros mismos.
En ocasiones, la realidad que nos construimos se convierte en un final
sin alternativa aparente. Volvemos a las mismas conclusiones una y otra
vez, atrapados en el mismo punto, pues las soluciones probadas en
incontables ocasiones desembocan en fracaso, cerciorando nuestra
convicción de estar agonizantemente en un profundo estancamiento.
Nuestra visión, filtrada e interpretada, se esmera en adaptar la
realidad hasta lograr que se acomode mejor a nuestras teorías.
Por ello, no se trata de adaptar las palabras a nuestra estructura
previa, sino atrevernos a transformar dichas combinaciones
significativas (estructuras mentales) para reinterpretar las palabras
percibidas. En esto, un elemento imprescindible es el bagaje retórico y
el convencimiento de su influencia en la interacción comunicativas.
El poder poner palabras a los sentimientos en cierta medida cuando lo
que nos llega es un cúmulo de experiencias inconexas y emocionalmente
embotadas en boca de víctimas de la exclusión social, nos ayuda a
organizar y entender su situación, el porqué del ahora y el cómo del
futuro; nos regala un hilo narrativo que da sentido, no sólo al
discurso y su interpretación, sino al propio proceso de su historia
personal.
El lenguaje sin duda acota nuestra experiencia, pues el hecho de que al
ser verbalizada sea limitada, es consecuencia directa de nuestras
posibilidades lingüísticas descriptivas. Pero si no existe
retroalimentación comunicativa o cultural que la amplíe, el círculo se
va empobreciendo y merma la riqueza expresiva y sensitiva de la propia
experiencia.
Pero en esta espiral dilucidante, las mismas palabras que construyeron
tu pensamiento son capaces de transformarlo para abrir nuevos caminos,
nuevas maneras de entender los problemas, y con ellos diferentes
sentimientos frente a una misma situación.
El simple hecho de verbalizar experiencias, de poner palabras a los
acontecimientos, es especialmente eficaz cuando alguien dialoga con
nosotros, pues ese alguien, además, nos devuelve otra mirada para así
apartarnos de los caminos habituales de nuestro pensamiento, en
definitiva, no abre puertas en un muro que apreciábamos infranqueable.
Somos seres sociales y construimos nuestra identidad mediante el
reflejo proyectado del otro, incluyendo su percepción como propia, de
manera inconsciente, si constituye un referente para nosotros. En esta
interacción, el poder liberador, didáctico o educativo de la palabra es
fundamental, pues desde Platón el diálogo es la unívoca forma de
enseñar y desarrollarse internamente.
Las palabras, las propias y ajenas, son la compleja pero excepcional
manera que tenemos de crear nuestra personal manera de entender el
mundo. Pero la voluntad en su gestión será la que determine el vértice
difuso que separa la plenitud de la fatalidad.
 

 

 

 

 

Pero para hablar, además de un contenido psíquico mínimo, hace falta el estímulo externo, el impulso de expresarse y hacer partícipes a los demás de nuestros estados de ánimo. De ahí que el estudio del desarrollo idiomático del individuo es tratado no sólo por la psicolingüística, sino también por la sociolingüística, que estudia cómo el idioma influye y es influido en la interrelación existente entre el individuo y el contexto social, habida cuenta que el lenguaje, además de ser un código de signos lingüísticos, es el acto de expresar ideas y sentimientos mediante la palabra; más todavía, cuando el lenguaje es el primer patrimonio familiar que recibe el recién nacido, a quien le acompaña desde la cuna hasta la tumba, y es la herencia, a veces la única, que transmite a sus descendientes.

 

 

Lenguaje o pensamiento???

 

1.      La teoría de: "el lenguaje está antes que el pensamiento" plantea que el idioma influye o determina la capacidad mental (pensamiento). En esta corriente lingüística incide la "gramática generativa" de Noam Chomsky, para quien existe un mecanismo idiomático innato, que hace suponer que el pensamiento se desarrolla como consecuencia del desarrollo idiomático. Por lo tanto, si se considera que el lenguaje es un estado interior del cerebro del hablante, independiente de otros elementos adquiridos del entorno social, entonces es fácil suponer que primero está el lenguaje y después el pensamiento; más todavía, si se parte del criterio de que el lenguaje acelera nuestra actividad teórica, intelectual y nuestras funciones psíquicas superiores (percepción, memoria, pensamiento, etc).

2. La teoría de: "el pensamiento está antes que el lenguaje" sostiene que la capacidad de pensar influye en el idioma. No en vano René Descartes acuñó la frase: "primero pienso, luego existo". Asimismo, muchas actitudes cotidianas se expresan con la frase: "tengo dificultad de decir lo que pienso". Algunos psicolingüistas sostienen que el lenguaje se desarrolla a partir del pensamiento, por cuanto no es casual que se diga: "Una psiquis debidamente desarrollada da un idioma efectivo". En esta corriente lingüística esta la llamada "The cognition hypothesis" (La hipótesis cognitiva), cuya teoría se resume en el concepto de que el "pensamiento está antes que el lenguaje". Pero quizás uno de sus mayores representantes sea Jean Piaget, para quien el pensamiento se produce de la acción, y que el lenguaje es una más de las formas de liberar el pensamiento de la acción. "Piaget indica que el grado de asimilación del lenguaje por parte del niño, y también el grado de significación y utilidad que reporte el lenguaje a su actividad mental depende hasta cierto punto de las acciones mentales que desempeñe; es decir, que depende de que el niño piense con preconceptos, operaciones concretas u operaciones formales" (Richmond, P. G., "Introducción a Piaget", 1981, pág. 139).

3. La "teoría simultánea" define que tanto el lenguaje como el pensamiento están ligados entre sí. Esta teoría fue dada a conocer ampliamente por el psicólogo ruso L.S. Vigotsky, quien explicaba que el pensamiento y el lenguaje se desarrollaban en una interrelación dialéctica, aunque considera que las estructuras del habla se convierten en estructuras básicas del pensamiento, así como la conciencia del individuo es primordialmente lingüística, debido al significado que tiene el lenguaje o la actividad lingüística en la realización de las funciones psíquicas superiores del hombre. Asimismo, "El lenguaje está particularmente ligado al pensamiento. Sin embargo, entre ellos no hay una relación de paralelismo, como frecuentemente consideran los lógicos y lingüistas tratando de encontrar en el pensamiento equivalentes exactos a las unidades lingüísticas y viceversa; al contrario, el pensamiento es lingüístico por su naturaleza, el lenguaje es el instrumento del pensamiento. Lazos no menos fuertes ligan al lenguaje con la memoria. La verdadera memoria humana (intermediadora) más frecuentemente se apoya en el lenguaje que en otras formas de intermediación. En igual medida se realiza la percepción con la ayuda de la actividad lingüística" (Petrovski, A., "Psicología general", 1980, pág. 205).

 

Etimológicamente, la palabra pensamiento se deriva de pensare, que significa pesar, calcular, juzgar, meditar ..., y en este sentido expresa la actitud de examinar las cosas, los objetos, las circunstancias, etc., que nos rodean, y reflexionar sobre ellas. Aunque, en su uso común, el citado término puede poseer los dos significados siguientes:

1.       en un sentido general, es casi sinónimo de inteligencia y significa la capacidad de resolver problemas y de adaptarse a la realidad

2.       en un sentido más estricto, en cambio, designa la actividad de concebir un proyecto en la mente, es decir, la actividad intelectual dirigida a meditar sobre nuestros propios contenidos mentales.

Piaget pretendió construir una psicobiología, es decir, un modelo biológico que le permitiera establecer relaciones entre la maduración del cerebro y la adquisición del conocimiento en los niños. Sus investigaciones partes del carácter adaptatativo de la inteligencia humana; gracias a ella, nuestra especie consigue una mejor adaptación que la del resto de animales. Lo que nos diferencia mayormente de ellos es nuestro poder para interiorizar la realidad no como una mera copia, sino como representación simbólica. El pensamiento humano es el único con plena capacidad de abstracción, pudiendo evocar los objetos conceptualmente, se hallen o no presentes ante nosotros.

3.4.1 Función adaptativa del pensamiento

Para Piaget, la adaptación se produce mediante dos mecanismos de la mente humana: la asimilación y la acomodación. De esa forma, se genera un proceso mutuo de intercambio: la realidad no es captada tal cual, sino que se integra en nosotros adaptándose a los esquemas previos de nuestro cerebro. A la vez, nuestra mente no es pasiva ni rígida: sus esquemas van modificándose con el objeto de poder acomodarse a la realidad exterior.

Para Piaget el pensamiento no puede entenderse como una suma de pequeños datos, sino como un todo que se halla firmemente estructurado, de tal manera que el conjunto determina la totalidad del proceso. En este terreno Piaget adopta una postura cercana a la Psicología de la Gestalt. Así, afirma que en el conocimiento se distinguen tres componentes, ninguno de los cuales puede entenderse aisladamente, sino constituyendo un todo indivisible. Estos tres elementos son:

  • El sujeto: su función es otorgar significaciones a los objetos que se le presentan bajo la percepción.
  • El objeto: es la materia sobre la que se confiere significación, es decir, se convierte en significativo según la actividad que sobre él realice el sujeto.
  • La acción: es el elemento mediador entre el sujeto y el objeto. Conocer un objeto no consiste en copiarlo, sino en actuar sobre él, transformarlo y darle una significación precisa.

Veamos un ejemplo: disponemos de un conjunto de figuras geométricas que poseen diferentes formas, tamaños y colores. Le pedimos a varios sujetos que las ordenen (un niño de 7 años, un adolescente de 14 y un adulto de 30). Con toda probabilidad, cada uno de ellos utilizará distinto tipo de clasificación. Tal vez, el pequeño las ordene según el patrón de alguna figura reconocible (disponiéndolas de tal manera que semejen una casa, por ejemplo); el adolescente puede que las organice según los colores; y el adulto manejará criterios de clasificación más abstractos, pudiendo incluso ordenarlas según diversos criterios a la vez (colores, formas y tamaños simultáneamente).

De esta forma vemos que es el sujeto el que otorga significado a los objetos. A la vez, los objetos no resultan neutros, ya que han sido organizados según los criterios del sujeto y como tales tienen una significación concreta. Es la acción la que ha determinado el sentido de los objetos. Así, el sujeto actúa sobre el conjunto de objetos y, como fruto de esa acción, lo transforma en comprensible para él mismo.

 

4.4 La metáfora del ordenador y la Inteligencia Artificial

Nuestras neuronas funcionan y se conectan mediante potenciales eléctricos; lo relevante de la transmisión neuronal no es que haya una mayor o menor intensidad de carga en estos intercambios, sino que exista efectivamente conexión. Todo ello obedece a un funcionamiento de lógica bivalente, pues aquí sólo hay dos situaciones posibles: que las conexiones estén activadas o desactivadas.

Una vez descrito así el funcionamiento del cerebro, parece inevitable comparar este tipo de funcionamiento con el de los ordenadores, que nos proporcionan respuestas a partir de una serie de datos que previamente hemos introducido en ellos. Entre estos dos estadios, la entrada y salida de datos, existe algún tipo de procesamiento cerebral que todavía desconocemos. En el ordenador, un procesador se encarga de analizar la información de entrada y de elaborar las respuestas de salida. Nuestro genotipo equivaldría, en esta metáfora, a la estructura material de la máquina tal como sale de la fábrica (el hardware), y la adaptación a la programación (el software).

5.1.4 El relativismo lingüístico. La hipótesis de Sapir-Whorf

E. Sapir y B. L. Whorf formularon la tesis de la relatividad lingüística. Según esta tesis, la realidad es algo que se construye de modo inconsciente sobre los hábitos lingüísticos del grupo que habla la misma lengua, de tal manera que las diversas comunidades lingüísticas no sólo categorizan de forma distinta el mundo que es igual para todos, sino que habitan en mundos distintos.

Según Whorf, cuando dos sistemas de lenguaje tienen gramáticas y vocabularios distintos, sus respectivos usuarios viven en un mundo de pensamiento diferente. Hasta asuntos tan fundamentales como los que atañen a los conceptos de espacio y tiempo se viven de forma diferente según los modelos lingüísticos que ciñen al pensamiento.

Las formas de pensamiento de una persona están controladas por leyes inexorables, constituyendo modelos de los que es totalmente inconsciente. Estos modelos consisten en las no percibidas e intrincadas sistematizaciones de su propio lenguaje, lo cual se muestra claramente con la comparación y contraste con otras lenguas, especialmente aquellas que pertenecen a una familia lingüística diferente. Su forma de pensamiento está en una lengua (en inglés, en sánscrito, en chino), y cada lengua es un enorme sistema de modelos, diferentes de otros en los que se encuentran culturalmente ordenadas las formas y categorías por las cuales la personalidad no sólo comunica, sino que también analiza la naturaleza, recoge o ignora tipos de relaciones y fenómenos, canaliza su razonamiento, y construye el edificio de su conciencia

La tesis de Sapir-Whorf supone que es imposible la traducción precisa de una lengua a otra. El problema de fondo fundamental que muestra la tesis es si, efectivamente, se percibe de la realidad tan sólo aquello que se recoge en las categorías sintácticas y semánticas de la lengua. J. Hierro ofrece la siguiente respuesta a la tesis de Sapir-Whorf:

Lo que ocurre no es tanto que se interprete la realidad de modo diverso como que se codifique lingüísticamente el conjunto de las experiencias de manera distinta. Estas diferencias de codificación pueden obedecer a rasgos culturales muy genéricos que reproducen la forma básica de relación entre la comunidad de que se trate y el mundo. No es lo mismo una cultura basada en la ciencia moderna que una cultura centrada en el chamanismo. Como no cabe esperar que coincidan totalmente una cultura polar y una cultura tropical. No es de extrañar, por ello, que los esquimales posean una variedad de términos para designar diferentes estados de la nieve, variedad que carece de correspondencia en las lenguas occidentales. Esto no significa que nosotros no podamos percibir esas diferencias, sino que en nuestra cultura no tienen la relevancia que tienen para los esquimales. Pero las diferencias de la interpretación del mundo no son aquí función de las diferencias lingüísticas; más bien, éstas parecen el resultado de una diferente forma de ver el mundo que depende, entre otras cosas, de las condiciones en que se desarrolla la vida y la cultura de la comunidad. De la misma manera puede explicarse que los indios hopi, para nuestro término "agua", posean dos palabras distintas según que el agua esté en reposo o en movimiento. O que los navajos tengan una sola palabra para los colores verde y azul y dos palabras distintas, en cambio, para dos clases de lo que nosotros llamamos negro. Absurdo sería pretender que ellos no perciben la diferencia entre el verde y el azul, como lo sería insinuar que nosotros no percibimos la distinción entre esas dos clases de negro o no distingamos el agua en reposo del agua en movimiento

 

Todo conocimiento empieza por una captación de los estímulos sensibles por medio de los sentidos que son la base sobre la que se configura la percepción del objeto. Lo que hacemos después de percibir es conceptualizar, las imágenes percibidas las conceptualizamos por medio de la abstracción. En la medida en que la formación de los conceptos es una imagen abstracta, lo que estamos haciendo es una generalización del concepto; estamos clasificando (todo concepto es un sistema de clasificación de la realidad).

6.3 Identidad entre pensamiento y lenguaje

Todo pensamiento es lenguaje y debe entenderse dentro de los confines del lenguaje. El pensamiento no puede quedar desgajado y fuera de los límites marcados por el ámbito lingüístico.

Según M. Müller y Watson hay que identificar pensamiento y lenguaje, reduciendo el primero al segundo. El pensamiento es palabra, y la palabra el único pensamiento, de tal manera que no puede suponerse gratuitamente la existencia independiente de un puro pensamiento. Hablar sobre un pensamiento no es más que hablar, desde otro ángulo, de una cierta clase de compuestos verbales.

B. L. Whorf enfatizó el papel constitutivo y configurador del pensamiento que ejerce el lenguaje. Whorf considera al lenguaje como una actividad reorganizadora y clasificante que, al operar sobre la experiencia sensible, conduce irrevocablemente a una determinada categorización y ordenación del mundo:

En realidad, el pensar es extremadamente misterioso, y la mayor luz que hemos podido arrojar sobre esta actividad procede del estudio del lenguaje. Este estudio muestra que las formas de los pensamientos de una persona son controladas por inexorables leyes de modelos, de las que ella es inconsciente. Estos modelos son las sistematizaciones, imperceptiblemente intrincadas, de su propio lenguaje, como queda suficientemente demostrado por una ingenua comparación y contraste con otras lenguas, especialmente con aquéllas que pertenecen a una familia lingüística diferente. Su pensamiento se lleva a cabo en una lengua, ya sea ésta el inglés, sánscrito o chino. Y cada lengua es un vasto sistema de modelos, unos diferentes de otros, en los que se hallan culturalmente ordenadas las formas y categorías mediante las que no sólo se comunica la personalidad sino también se analiza la naturaleza, se nota o se rechazan tipos de relación y fenómenos, se canalizan los razonamientos y se construye la casa de la conciencia (Whorf, B. L., Lenguaje, pensamiento y realidad, Barcelona, Barral, 1971, p. 183)

Es la estructura de un lenguaje la que determina la estructura de nuestra "realidad" y cada lengua analiza de una peculiar manera la realidad concreta a la que se enfrenta para ordenarla y encajarla según su propia retícula. La manera de razonar de cada hablante depende de la lengua que se emplea en el razonamiento. La lengua no es sólo un medio de expresión del pensamiento, sino el molde en el que se configura y concretiza dicho pensamiento.

6.4 Lenguaje, pensamiento y realidad

En nuestro mundo cultural, cuanto intentamos averiguar qué son las cosas, lo primero que encontramos son las interpretaciones que existen de ellas, es decir, las opiniones que otras personas se han formado acerca de las mismas. Pero estas interpretaciones se encuentran contenidas en el lenguaje.

De esta manera, cuando intentamos interpretar la realidad nos vemos obligados, en primer lugar, a reflexionar sobre el lenguaje. En consecuencia, ¿se puede realmente pensar el lenguaje del pensamiento? ¿No nos encontraremos continuamente ante la presencia de un lenguaje cargado de interpretaciones (es decir, de pensamientos) que es necesario reinterpretar? O, lo que es lo mismo, ¿no estaremos continuamente intentado averiguar lo que nos indica (sobre la realidad) un determinado lenguaje? ¿No estaremos siempre pensando con nuestro pensamiento el significado de otro pensamiento que se nos muestra en un cierto lenguaje?

En este sentido, cuando Heidegger intentó responder a la cuestión ¿qué es filosofía?, comenzó su investigación llevando a cabo la hermenéutica de la propia palabra "filosofía", intentando profundizar su original significado. Procurando liberar dicha palabra de sus acepciones erróneas e inexactas hasta encontrar su auténtico sentido, es decir, el verdadero pensamiento y la realidad encerrados en ella y que las posteriores interpretaciones realizadas por los distintos pensadores han ido ocultando.

De forma análoga, Ortega y Gasset afirma que el lenguaje es la ciencia primera y precisamente, por esto, la ciencia actual vive en perpetua polémica con el lenguaje, pues éste encierra un pensamiento, un saber que, por parecernos insuficiente, intentamos corregir, es decir, procuramos precisar y profundizar en su significado. Desde este aspecto, podemos considerar las ciencias como un lenguaje bien hecho.

Así pues, ya que los seres humanos viven en una determinada cultura, antes de interpretar (de percibir, de comprender) los objetos (las realidades) en sí, los reciben (los perciben, los comprenden) interpretados; resulta, pues, evidente que la primera interpretación de la realidad es percibida mediante el lenguaje.

La auténtica realidad humana no es la realidad natural, sino la realidad cultural y la cultura supone siempre una interpretación de la realidad que se expresa mediante el lenguaje, esto es, sólo a través del lenguaje logramos ver (o comprender) la realidad y, además, la realidad humana es siempre una realidad interpretada, es decir, pensada.

Según Whorf, una de las principales funciones del lenguaje es la de organizar y clasificar el mundo. El lenguaje actúa sobre el flujo de la experiencia sensible, procediendo a una ordenación racionalizadora de lo que para nosotros es la realidad. La estructura del lenguaje consolida la de la realidad. Cada lengua analiza de una manera singular y propia la realidad concreta. Esto es lo esencial de la tesis de la relatividad lingüística, según la cual "la ordenación del mundo que lleva a cabo una comunidad está profundamente condicionada por los presupuestos de la gramática". El conocimiento no debe ser entendido como una producción abstracta que efectuar un sujeto idealizado y solipsista. Al contrario, es un producto comunitario y social que cada pueblo realiza desde las posibilidades y estructuras que le brinda la lengua propia. Por todo ello se dice que la lengua impone un orden al mundo percibido. El lenguaje lleva a cabo una actividad fragmentadora y categorizadora de la realidad para hacerla expresable mediante símbolos. Trata de imponer un orden, lo que, en definitiva, no es otra cosa que proyectar sobre la realidad un cañamazo conceptual y simbólico por el que parcelamos nuestro mundo con el objeto de hacerlo manejable y reconocible para el hombre:

Nosotros dividimos la naturaleza, la organizamos en conceptos y adscribimos significados, principalmente porque hemos llegado al acuerdo de hacerlo así, un acuerdo que se mantiene a través de la comunidad que habla nuestra misma lengua y que está codificado en los modelos de nuestro lenguaje. Naturalmente, este acuerdo es implícito y no queda expresado, pero sus términos son absolutamente obligatorios; no podemos hablar sin adscribirnos a la organización y clasificación de información que determina el acuerdo (Whorf, o.c., p. 241)

6.5 Otros aspectos del lenguaje

El lenguaje, según las teorías expuestas, se encuentra presente en la totalidad de nuestras actividades intelectuales. En este sentido, podemos poner de manifiesto los aspectos siguientes:

1.       El lenguaje es un poderoso medio de aculturación. Las personas desde que nacemos nos encontramos sometidas a un continuo aprendizaje social, que, paulatinamente, nos hace interiorizar los distintos contenidos culturales, científicos y morales; pues bien, aunque sin duda intervienen también otros elementos, el lenguaje constituye el factor principal de este proceso.

2.       El lenguaje condiciona fuertemente, casi determina, los contenidos culturales. El lenguaje, en tanto en cuanto que es un poderoso medio de aculturación, es decir, de asimilación cultural, constituye una especie de aduana que deja pasar fácilmente una parte de los contenidos cognoscitivos, pero que, al mismo tiempo, dificulta o impide el resto; por ejemplo, nuestro lenguaje sirve bastante bien para transmitir enunciados matemáticos, pero encuentra algunas dificultades para explicar las materias que configuran las ciencias físicas y resulta más oscuro cuando se refiere a los contenidos de las ciencias humanas y limitado e insuficiente a la hora de expresar nuestras vivencias y nuestros sentimientos

3.       Lenguaje y sociedad son inseparables. El lenguaje adquiere su pleno significado en la sociedad, pues, por una parte, la sociabilidad del ser humano resultaría imposible sin el lenguaje y, por otra, sólo en la sociedad puede adquirir el lenguaje un determinado grado de complejidad y universalidad; en este sentido, el lenguaje favorece la integración social y la sociedad favorece el desarrollo del lenguaje

4.       Es muy dudoso que pueda existir un pensamiento sin lenguaje. Al pensar utilizamos diversas clases de signos lingüísticos, de tal manera, que resulta muy difícil concebir un pensamiento sin lenguaje y, en el fondo, pensar es hablar: para que una persona pueda decir algo a alguien es preciso que con anterioridad se lo diga a sí misma, esto es, que lo piense, y no existe el pensar si no se habla con uno mismo. El lenguaje, pues, antes de ser instrumento de comunicación, es instrumento de pensamiento.

 

¿Qué es la política?

Un niño le pregunta a su padre:
Papá, ¿qué es la política?

El padre responde:
* Yo traigo el dinero a casa, por eso soy el capitalismo.
* Tu madre controla el dinero, por tanto es el gobierno.
* El abuelo controla que todo sea normal, por tanto es el sindicato.
* Nuestra criada es la clase obrera.
* Todos nos preocupamos de que tú estés bien, por eso tú eres el pueblo. Y tu hermanito, que todavía lleva pañales, es el futuro. ¿Has entendido, hijo mío?

El pequeño piensa un poco y le dice que quiere consultarlo con la almohada.
Durante la noche se despierta porque su hermanito está llorando porque tiene sucio el pañal.
Como no sabe qué hacer va a la habitación de sus padres.
Allí está su madre durmiendo profundamente y no consigue despertarla.
Entonces va a la habitación de la criada, donde se encuentra a su padre divirtiéndose con ella... ¡¡mientras el abuelo espía por la ventana!!
Todos están tan ocupados que no se dan cuenta de la presencia del niño, por tanto el pequeño decide volver a dormir.
Por la mañana el padre le pregunta si sabe explicar con pocas palabras qué es la política.

-¡SÍ!  -Responde el hijo:

* El capitalismo se aprovecha de la clase obrera.
* El sindicato mira como lo hace.
* Mientras tanto el gobierno duerme.
* El pueblo es ignorado por completo.
* Y el futuro está lleno de mierda.

Esto es la política.

Vagón

Queda claro que algo pasa cuando el pánico, como una electricidad escalofriante, me une a ellos.
Estoy en el quinto, el sexto, quizá el cuarto vagón del convoy. El tren se ha detenido en mitad de un túnel. A ambos lados del vagón, por las ventanillas, todo está oscuro. No pasan trenes. El tiempo, ahora, es la angustia.
El vagón está lleno de gente. Si un vagón tiene todos sus asientos ocupados, y algunas personas de pie, con la mano en la barra, la espalda contra un panel, contra las puertas que en las paradas se abren, contra las puertas que en las paradas no se abren o, finalmente, no asidos ni apoyados en nada, puede decirse también que el vagón está, más o menos, lleno. La plenitud de este vagón supera eso; la plenitud de este vagón sólo admite la palabra "saturación". Los pasajeros saturamos el espacio del vagón: no cabe un calcetín más, no caben más maletines ni más mochilas escolares; no cabe ni siquiera nuestra propia respiración.
Yo estoy contra la pared que cierra el vagón. Tengo una puerta, cerrada, a mi espalda. Delante, un pareja de orientación hippy, con mochilas montañeras en el suelo. Él, moreno, de pelo largo, con barba; ella, rubia, algo ajada por los años y la maría, con falda de flores, de mucho vuelo. Su culo, inevitablemente, se pega a mis manos, que sujetan mi cartera sobre mi vientre. A mi izquierda, igualmente apoyado contra la pared que cierra el vagón, hay un joven, quizá universitario, adormilado. Él soporta la presión de unas mujeres de edad avanzada, mujeres repetidas, siempre presentes en todos los vagones que me llevan al trabajo, mujeres que se apean en Manuel Becerra o Diego de León, mujeres que hablan de sus hijos todo el tiempo, de operaciones, de deudas impagadas y de lo que cenaron anoche. Siempre.
A mi derecha, una pareja muy elegantemente vestida. Ella no para de hablar. Es guapa, ordinaria, huesuda de rostro, un cuerpo de culebra y ropa oscura, ceñida. Tiene detrás un hueco, la promesa de una conquista de espacio que nos afloje a todos un poco; no es así: detrás de ella, una mujer ecuatoriana defiende su pequeña anatomía del aplastamiento. Está en la esquina del vagón, apenas se le ve el flequillo. Todo el aire que le sobrevuela, ese apetitoso montón de oxígeno, parece la bolsa de la que todos nos nutrimos.
Todos. Todos son las cabezas, las manos, los codos, las mangas del abrigo; todos es el nombre de lo que no me toca, de lo que no son mis vecinos de encierro, de ese cuerpo sucesivo, continuado (el hombre: animal continuado) que se proyecta hacia el otro extremo del vagón, sin nombre, sin destino (parados en mitad del túnel más oscuro de nuestra vida), implacablemente sometidos a este embotellamiento de carne, a esta tortura del viernes: no nos movemos, no sabemos por qué no nos movemos, no sabemos el minuto que nos espera.
Han sido quizá diez minutos, el paso de diez minutos, el que han conseguido que sepamos que somos masa. Somos, básicamente. Ahora, conscientes de la situación de peligro, del compromiso de supervivencia, el individuo ha conocido al otro, ha reconocido la necesidad de agrupamiento, de redefinirse en este espacio y este tiempo (un vagón parado en el túnel más oscuro) y, consecuentemente, ha buscado comunicación.
El primero en hablar comenta lo recurrente de estas averías. Otro especula, critica, pide que el tren se detenga en una estación, no en mitad de la nada. Una mujer explota, grita que dejen de apretarla, que le están haciendo daño. Otra mujer pide que la gente se quite las chaquetas, que el calor es insoportable, y el olor; que se quiten ropa. Le contestan: "¡Si ni siquiera podemos movernos!" Un hombre dice: "Supongo que abrirán las puertas antes de que nos ahoguemos!" Otro hombre replica: "Antes de que nos ahoguemos, las puertas las vamos a abrir nosotros." Un joven habla de lo que hay que hacer luego, cuando salgamos. Reclamar. Otro indica que reclamar lleva tanto tiempo como el que perdamos aquí, o más. Apunta una chica que ella tiene que recuperar las horas que pierda, que no va a reclamar para luego estar todo el puto viernes trabajando hasta las seis. Uno contraataca afirmando que él se va a ir a las 3, pase lo que pase. Luego alguien, afásico, apoyado contra una de las puertas laterales del vagón, golpea con la nuca, dos veces, violentísimamente, el cristal.
Por megafonía se escucha una conversación que no va dirigida a nosotros. Dice: "Desaloja el tren. Di a los viajeros que abandonen el tren y sigue hasta cocheras" (corte) "Sí, haz eso." (corte) "Si no puedes controlar el tren, vuelve a cocheras" (corte) "Tranquilo. Tranquilo." (corte) "De acuerdo, espera, vamos a mandar a alguien en media hora. Seguridad estará allí en media hora. Espera." (corte)
No se oye nada más. Seguimos parados, apretados, oscuros. De vez en cuando alguien dice algo gracioso. Reímos. Algunos, reímos, sonreímos al menos; otros no. De pronto, notamos que el aire acondicionado se apaga. Exabruptos, juramentos, frases obscenas contra el conductor.
Hijo de la gran puta.
Se nos ha acabado el sentido del humor. El cuerpo duele. Estar de pie nos está costando a todos mucho, como si no pudiéramos afrontar, físicamente, estar de pie sin saber por qué. Ahora, además, empiezan a sonar unas campanillas. Su sonido es el de la emergencia. Del otro vagón llegan ruidos de golpetazos en las puertas, algunos gritos ahogados, y las campanillas, histéricas, correosas, como pequeñas ratas coloradas, tica-tica-tica-tica...
Y es ahí, exactamente ahí, mirando todos esos cuerpos que tengo delante, viendo en sus ojos la duda, el dolor, la desesperación, es ahí cuando el escalofrío me recorre, el pánico me traspasa, me une a ellos, me compromete, y sé que algo malo está sucediendo.
Según pasan los minutos, lo sombrío se apodera de nuestros ojos. De los míos, además, se apodera también una extraña emoción, emoción que no son ganas de llorar, pero que se parece mucho porque noto en la retina el escozor de las primeras lágrimas. Me emociona depender de esta gente. Me emociona la lucha en mi ánimo de la fe en los demás y de la aversión a los demás: sé, sin saberlo, sin verbalizarlo, que bastará el error de uno sólo de nosotros para que algo grave suceda. Bastará con que alguien pierda el control y trate de salir por una ventana, empujando a los demás, para que todos perdamos el control y tratemos de salir por una ventana aniquilando a los demás. La tensión que siento, la emoción que me cubre, es el miedo a que haya un momento en el que tengamos que decidir que somos animales egoístas, que queremos vivir a pesar de los otros.
He dejado de mirar, por eso. He cerrado los ojos y he tratado de visualizar cosas con márgenes, grandes espacios donde rueda una pelota, la caída del agua, sus salpicaduras. Pero enseguida me golpean, me presionan otra parte del cuerpo, me obligan a girarme un poco, o a retirar unos nudillos que viven por su cuenta una anécdota pornográfica, inmiscuidos en los pliegues más íntimos de pasajeras anónimas.
Les miro de nuevo: esas cabezas, esos brazos, ese amontonamiento de ropa de enero. Sus cuerpos inmóviles parecen maniquíes. Sus rostros se les desprenden de la cara. Aquí alguien tendría que llorar.
Cruzo la vista con una chica. Ha sido un instante, pero lo estamos prolongando. Es de mediana estatura, resiste bajo la tienda de campaña que sobre su cabeza forman unos brazos. Tiene los ojos verdes. Tiene los ojos amplios. La miro sin pudor; me mira sin pudor. Tengo derecho a refugiarme en esos ojos, cada parpadeo parece una palabra. Por una vez no voy a retirar la vista. Por una vez voy a perseverar en la desvergüenza.
Te estoy mirando temer.