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PAJILLAS MENTALES

¡¡¡No dejes para mañana lo que te puedas reir hoy!!

Vuelve de vez en cuando a la inocencia más pura que anida en ti esperando la atención de un simple gesto... una sonrisa

Vagón

Queda claro que algo pasa cuando el pánico, como una electricidad escalofriante, me une a ellos.
Estoy en el quinto, el sexto, quizá el cuarto vagón del convoy. El tren se ha detenido en mitad de un túnel. A ambos lados del vagón, por las ventanillas, todo está oscuro. No pasan trenes. El tiempo, ahora, es la angustia.
El vagón está lleno de gente. Si un vagón tiene todos sus asientos ocupados, y algunas personas de pie, con la mano en la barra, la espalda contra un panel, contra las puertas que en las paradas se abren, contra las puertas que en las paradas no se abren o, finalmente, no asidos ni apoyados en nada, puede decirse también que el vagón está, más o menos, lleno. La plenitud de este vagón supera eso; la plenitud de este vagón sólo admite la palabra "saturación". Los pasajeros saturamos el espacio del vagón: no cabe un calcetín más, no caben más maletines ni más mochilas escolares; no cabe ni siquiera nuestra propia respiración.
Yo estoy contra la pared que cierra el vagón. Tengo una puerta, cerrada, a mi espalda. Delante, un pareja de orientación hippy, con mochilas montañeras en el suelo. Él, moreno, de pelo largo, con barba; ella, rubia, algo ajada por los años y la maría, con falda de flores, de mucho vuelo. Su culo, inevitablemente, se pega a mis manos, que sujetan mi cartera sobre mi vientre. A mi izquierda, igualmente apoyado contra la pared que cierra el vagón, hay un joven, quizá universitario, adormilado. Él soporta la presión de unas mujeres de edad avanzada, mujeres repetidas, siempre presentes en todos los vagones que me llevan al trabajo, mujeres que se apean en Manuel Becerra o Diego de León, mujeres que hablan de sus hijos todo el tiempo, de operaciones, de deudas impagadas y de lo que cenaron anoche. Siempre.
A mi derecha, una pareja muy elegantemente vestida. Ella no para de hablar. Es guapa, ordinaria, huesuda de rostro, un cuerpo de culebra y ropa oscura, ceñida. Tiene detrás un hueco, la promesa de una conquista de espacio que nos afloje a todos un poco; no es así: detrás de ella, una mujer ecuatoriana defiende su pequeña anatomía del aplastamiento. Está en la esquina del vagón, apenas se le ve el flequillo. Todo el aire que le sobrevuela, ese apetitoso montón de oxígeno, parece la bolsa de la que todos nos nutrimos.
Todos. Todos son las cabezas, las manos, los codos, las mangas del abrigo; todos es el nombre de lo que no me toca, de lo que no son mis vecinos de encierro, de ese cuerpo sucesivo, continuado (el hombre: animal continuado) que se proyecta hacia el otro extremo del vagón, sin nombre, sin destino (parados en mitad del túnel más oscuro de nuestra vida), implacablemente sometidos a este embotellamiento de carne, a esta tortura del viernes: no nos movemos, no sabemos por qué no nos movemos, no sabemos el minuto que nos espera.
Han sido quizá diez minutos, el paso de diez minutos, el que han conseguido que sepamos que somos masa. Somos, básicamente. Ahora, conscientes de la situación de peligro, del compromiso de supervivencia, el individuo ha conocido al otro, ha reconocido la necesidad de agrupamiento, de redefinirse en este espacio y este tiempo (un vagón parado en el túnel más oscuro) y, consecuentemente, ha buscado comunicación.
El primero en hablar comenta lo recurrente de estas averías. Otro especula, critica, pide que el tren se detenga en una estación, no en mitad de la nada. Una mujer explota, grita que dejen de apretarla, que le están haciendo daño. Otra mujer pide que la gente se quite las chaquetas, que el calor es insoportable, y el olor; que se quiten ropa. Le contestan: "¡Si ni siquiera podemos movernos!" Un hombre dice: "Supongo que abrirán las puertas antes de que nos ahoguemos!" Otro hombre replica: "Antes de que nos ahoguemos, las puertas las vamos a abrir nosotros." Un joven habla de lo que hay que hacer luego, cuando salgamos. Reclamar. Otro indica que reclamar lleva tanto tiempo como el que perdamos aquí, o más. Apunta una chica que ella tiene que recuperar las horas que pierda, que no va a reclamar para luego estar todo el puto viernes trabajando hasta las seis. Uno contraataca afirmando que él se va a ir a las 3, pase lo que pase. Luego alguien, afásico, apoyado contra una de las puertas laterales del vagón, golpea con la nuca, dos veces, violentísimamente, el cristal.
Por megafonía se escucha una conversación que no va dirigida a nosotros. Dice: "Desaloja el tren. Di a los viajeros que abandonen el tren y sigue hasta cocheras" (corte) "Sí, haz eso." (corte) "Si no puedes controlar el tren, vuelve a cocheras" (corte) "Tranquilo. Tranquilo." (corte) "De acuerdo, espera, vamos a mandar a alguien en media hora. Seguridad estará allí en media hora. Espera." (corte)
No se oye nada más. Seguimos parados, apretados, oscuros. De vez en cuando alguien dice algo gracioso. Reímos. Algunos, reímos, sonreímos al menos; otros no. De pronto, notamos que el aire acondicionado se apaga. Exabruptos, juramentos, frases obscenas contra el conductor.
Hijo de la gran puta.
Se nos ha acabado el sentido del humor. El cuerpo duele. Estar de pie nos está costando a todos mucho, como si no pudiéramos afrontar, físicamente, estar de pie sin saber por qué. Ahora, además, empiezan a sonar unas campanillas. Su sonido es el de la emergencia. Del otro vagón llegan ruidos de golpetazos en las puertas, algunos gritos ahogados, y las campanillas, histéricas, correosas, como pequeñas ratas coloradas, tica-tica-tica-tica...
Y es ahí, exactamente ahí, mirando todos esos cuerpos que tengo delante, viendo en sus ojos la duda, el dolor, la desesperación, es ahí cuando el escalofrío me recorre, el pánico me traspasa, me une a ellos, me compromete, y sé que algo malo está sucediendo.
Según pasan los minutos, lo sombrío se apodera de nuestros ojos. De los míos, además, se apodera también una extraña emoción, emoción que no son ganas de llorar, pero que se parece mucho porque noto en la retina el escozor de las primeras lágrimas. Me emociona depender de esta gente. Me emociona la lucha en mi ánimo de la fe en los demás y de la aversión a los demás: sé, sin saberlo, sin verbalizarlo, que bastará el error de uno sólo de nosotros para que algo grave suceda. Bastará con que alguien pierda el control y trate de salir por una ventana, empujando a los demás, para que todos perdamos el control y tratemos de salir por una ventana aniquilando a los demás. La tensión que siento, la emoción que me cubre, es el miedo a que haya un momento en el que tengamos que decidir que somos animales egoístas, que queremos vivir a pesar de los otros.
He dejado de mirar, por eso. He cerrado los ojos y he tratado de visualizar cosas con márgenes, grandes espacios donde rueda una pelota, la caída del agua, sus salpicaduras. Pero enseguida me golpean, me presionan otra parte del cuerpo, me obligan a girarme un poco, o a retirar unos nudillos que viven por su cuenta una anécdota pornográfica, inmiscuidos en los pliegues más íntimos de pasajeras anónimas.
Les miro de nuevo: esas cabezas, esos brazos, ese amontonamiento de ropa de enero. Sus cuerpos inmóviles parecen maniquíes. Sus rostros se les desprenden de la cara. Aquí alguien tendría que llorar.
Cruzo la vista con una chica. Ha sido un instante, pero lo estamos prolongando. Es de mediana estatura, resiste bajo la tienda de campaña que sobre su cabeza forman unos brazos. Tiene los ojos verdes. Tiene los ojos amplios. La miro sin pudor; me mira sin pudor. Tengo derecho a refugiarme en esos ojos, cada parpadeo parece una palabra. Por una vez no voy a retirar la vista. Por una vez voy a perseverar en la desvergüenza.
Te estoy mirando temer.

Hikikomori... ¿la sociedad del futuro?

Hikikomori... ¿la sociedad del futuro?

“Hikikomori” es el término japonés utilizado para referirse a todo un fenómeno sociológico que afecta a uno de cada diez adolescentes japoneses y que comporta una determinada estética y nuevos modos de vida.

Ya se habla de toda una epidemia provocada por una sociedad opresiva y competitiva, demasiado centrada en los videojuegos y la tecnología; que ha desatendido las relaciones humanas.

Solitarios y sin objetivos vitales, en algunos casos llegan al suicidio. La familia, resignada, se limita a darles de comer sin poder comunicarse con ellos que pasan el día viendo televisión, entre juegos de ordenador, y navegando por Internet.

1. La tristeza. Y el tema de los fantasmas tumbados y otros pioneros del porvenir aflorando a primera hora de esta noche.

"-Su joven amigo -dijo Chamfort- no tiene ningún conocimiento del mundo, no sabe nada de nada.

-Sí -respondió Rivarol-, y ya está triste como si lo supiera todo".

2.  Mientras que algunas personas padecen agorafobia, el hikikomori reacciona con un completo aislamiento social para evitar toda presión exterior. Suelen normalmente ser jóvenes japoneses, varones la mayoría, que se encierran en una habitación de la casa de sus padres durante periodos de tiempo prolongados, generalmente años. Sienten tristeza y apenas tienen amigos, y la gran mayoría duermen o se tumban a lo largo del día, y ven la televisión o se concentran en el ordenador durante la noche. En Japón les llaman también solteros parásitos. Aquellas máquinas solteras que inventara Duchamp se han hecho pues realidad. Se calcula que hay un hikikomori por cada diez jóvenes en Japón. En total, más de un millón de hikikomoris. Un índice muy alto de fantasmas tumbados, de ensimismados tristes, de muertos en vida.

3.  Los japoneses parecen los pioneros de un porvenir que se intuye poblado de seres alienados, inútiles, solitarios, extraviados en la infinitud de la red, abocados a la destrucción. Es un porvenir visible, por ejemplo, en Pulse, de Kiyoshi Kurosawa, película muy ligada al fenómeno de los solteros parásitos. En ella, un adolescente, Kawashima, novato en materias informáticas, se ve sorprendido un día al encontrar en su ordenador una extraña página web abierta. La página web en cuestión, vía webcam, muestra a un desconocido vagando por una habitación. Ahí comienza el terror en esta película que empieza contando una historia de mística digital y termina con pavorosas imágenes de un mundo dirigido directamente al desastre.

El cine de Kiyoshi Kurosawa (Kobe, 1955), tiene un trasfondo existencialista y metafísico, y su universo espiritual ofrece la más angustiosa y completa aproximación al fenómeno de todos esos solitarios que viven atrapados en un Más Allá de Internet en el que irrumpen sombras, a veces sólo siluetas inmóviles que acechan al modo de inquietantes imágenes de pesadilla que andan espiándoles desde lo más hondo de las pantallas de sus ordenadores. En Pulse sorprende el modo en que uno se ve atrapado en una espiral que nos conduce de lo que parece una historia más de fantasmas que usan la tecnología, a una intrigante trama visionaria y apocalíptica de horror global sobre la extinción de la humanidad: una clara intención de denuncia de una sociedad de hikikomoris peligrosamente alienada, solitaria, enferma, condenada al hundimiento.

4. "Cuando empecé a pasar las tardes en el cuarto de baño, no tenía previsto instalarme en él..." (Jean-Philippe Toussaint, La salle de bain).

5. Completamente de acuerdo con Pascal cuando dice que los mayores problemas de los seres humanos vienen de no poder quedarse tranquilos en su habitación. Lo dice en uno de sus más celebres pensamientos, y se diría que esto es lo que piensan precisamente, hoy en día, los hikikomori, pioneros de un tipo de angustiosas conductas que en el mundo del futuro serán habituales. Es decir, que aquellas ingenuas o simpáticas ficciones en las que se veía a gente que se encerraba en el lavabo y decidía no salir de allí nunca más (la novela La salle de bain, de Jean-Philippe Toussaint, por ejemplo, o la película El anacoreta, de Juan Estelrich, que tanto nos sorprendían) han empezado ya a convertirse en una contundente y dura realidad.

6. Cuando, a la vuelta de Colombia, empecé a pasar el día entero en mi gabinete de estudio, no tenía previsto instalarme en él. Pero llevo días aquí haciendo vida de hikikomori, de parásito en útil contacto constante -hay que ir acostumbrándose- con la soledad extrema, en definitiva con la soledad infinita que nos espera a todos después de la muerte, es decir, después de que entremos en la eternidad. Aunque mañana romperé con el radical aislamiento. Voy al Registro Civil (expediente 4859/ 06) a firmar unos papeles.

7. Paso mis últimas horas de hikikomori como si estuviera en plena despedida de soltero, y lo hago leyendo a Ryu Murakami, el maestro del thriller psicológico -el autor de Kyosei Chu (Parasites) y de Azul casi transparente-, el escritor japonés que más se acerca a Kiyoshi Kurosawa en la observación de esa sociedad contemporánea que, dominada por el desarrollo tecnológico, origina una incomunicación infinita, un mundo de máquinas solteras agazapadas en secreto a lo largo y ancho del antiguo Imperio japonés.

8. "¿La eternidad? Sin duda me encantará; uno entra en ella tumbado" (Antoine de Rivarol, Pensamientos y Rivarolianas).

9.  Desde mi individualismo extremo, que trataré de atenuar mañana sin falta, observo ahora aterrado en la pantalla los movimientos de un joven triste que emprende un viaje a un lugar desconocido. Otro vuelve a casa. Se oye un blues lejano. Un tercer hikikomori llega a una ciudad sin nombre. Un soltero escribe cartas desde ningún sitio, desde el espacio blanco abierto en su mente. Un quinto joven emprende un viaje en busca de aquel primer solitario, que ya hace tiempo que se perdió. Un sexto hikikomori va vagando por el espacio infinito de la pantalla. Y me digo que haré muy bien mañana pisando la calle, viendo las nubes y los árboles y tocando todas las cosas que hay por ahí, aunque sepa que están aquí mismo, en la ventana obsesiva y fantasmal de mi pantalla siempre, siempre iluminada.

Fuente...http://www.elpais.com/articulo/cataluna/Hikikomori/blues/elpepuespcat/20070415elpcat_6/Tes

Los adolescentes y adultos jóvenes en Japón sufren mucha presión por parte de la sociedad japonesa para que triunfen. La presión proviene de diferentes medios.

Una de las mayores preocupaciones de los adolescentes japoneses es su rendimiento académico, donde a menudo se enfrentan a una presión considerable por parte de los padres y la sociedad en general. En casos extremos la presión comienza desde antes de la guardería, donde tienen que aprobar un examen de ingreso para entrar en la mejor guardería, la cual prepara a los niños para el examen de ingreso del mejor parvulario, el cual a su vez prepara al niño para el examen de ingreso de la mejor escuela primaria, escuela secundaria y el equivalente a nuestro bachillerato, para finalmente preparar para el examen de ingreso de la universidad. Muchos adolescentes dedican un año, después del instituto, a preparar exclusivamente el examen infernal de acceso a la universidad. Cuanto más prestigio tenga la universidad, más difícil será el examen. La universidad más prestigiosa, con el examen de ingreso más difícil, es la Universidad de Tokio.

Después de graduarse del instituto o la universidad, además tienen que afrontar un mercado de trabajo muy difícil. A menudo sólo encuentran trabajo a media jornada y acaban como freeters (personas que no consiguen trabajo fijo o a jornada completa), con muy pocos ingresos e incapaces de formar una familia.

Otro foco de presión lo forman sus compañeros de clase, los cuales pueden abusar y burlarse de otros estudiantes por varias razones, como por ejemplo su aspecto físico (especialmente si son obesos), rendimiento académico o deportivo, su poder adquisitivo, orientación sexual, etnia, etc.

SÍNTOMAS DEL AISLAMIENTO:

Mientras que algunas personas sienten presión por parte del mundo exterior, y padecen agorafobia, un hikikomori reacciona con un completo aislamiento social para evitar toda la presión exterior. Puede que ellos, normalmente varones, se encierren en sus dormitorios o alguna otra habitación de la casa de sus padres durante periodos de tiempo prolongados, a menudo años. Normalmente no tienen ningún amigo, y en su mayoría duermen a lo largo del día, y ven la televisión o juegan al ordenador durante la noche. Todo esto hace de ellos un caso extremo de solteros parásitos (expresión japonesa para nombrar a aquellos que viven de la sopa boba, viviendo en casa de sus padres para disfrutar de mayor comodidad).

El aislamiento de la sociedad normalmente comienza de forma gradual, antes de que el hikikomori cierre con llave la puerta de su habitación. A menudo se encuentran tristes, pierden sus amigos, se vuelven inseguros, tímidos y hablan menos. Frecuentemente son objeto de burla en el colegio, lo cual puede ser el detonante para su aislamiento.

Mientras que algunas personas sienten presión por parte del mundo exterior, y padecen agorafobia, un hikikomori reacciona con un completo aislamiento social para evitar toda la presión exterior. Puede que ellos, normalmente varones, se encierren en sus dormitorios o alguna otra habitación de la casa de sus padres durante periodos de tiempo prolongados, a menudo años. Normalmente no tienen ningún amigo, y en su mayoría duermen a lo largo del día, y ven la televisión o juegan al ordenador durante la noche. Todo esto hace de ellos un caso extremo de solteros parásitos (expresión japonesa para nombrar a aquellos que viven de la sopa boba, viviendo en casa de sus padres para disfrutar de mayor comodidad).

El aislamiento de la sociedad normalmente comienza de forma gradual, antes de que el hikikomori cierre con llave la puerta de su habitación. A menudo se encuentran tristes, pierden sus amigos, se vuelven inseguros, tímidos y hablan menos. Frecuentemente son objeto de burla en el colegio, lo cual puede ser el detonante para su aislamiento.

REACCIÓN DE LOS PADRES:

El tener un hikikomori en la familia normalmente es considerado un problema interno de esta, y muchos padres esperan mucho tiempo antes de buscar una terapia psicológica. Además, en Japón la educación del niño corre a cargo de la madre, por tradición, y puede que el padre deje todo el problema del hikikomori a la madre, la cual se siente sobreprotectora con su hijo. En un principio, la mayoría de los padres se limitan a esperar que el niño supere sus problemas y regrese a la sociedad por su propia voluntad. Lo ven como una fase que el niño ha de superar. Además, muchos padres no saben qué hacer con un hikikomori, y simplemente esperan debido a la falta de otras opciones. Normalmente no se fuerza (o se tarda mucho en hacerlo) de forma radical al niño para que vuelva a integrarse a la sociedad.

Tener un hikikomori en la familia es a menudo vergonzoso, y es considerado en Japón un problema interno de la familia. Los colegios y asistentes sociales pueden hacer preguntas, pero normalmente no se involucran en la situación.

EFECTOS EN EL HIKIKOMORI:

La falta de contacto social de estas personas y el aislamiento prolongado tienen un gran efecto en la mentalidad de los hikikomori, y pierden sus habilidades sociales y los referentes sociales y morales necesarios. A menudo, tienen dificultad para distinguir el bien del mal, y el mundo de la televisión o los videojuegos se convierten en su marco de referencia.

Si el hikikomori finalmente (a menudo después de unos cuantos años) regresa a la sociedad por su propia voluntad, tiene que afrontar el problema de haber perdido muchas de sus habilidades sociales, así como años de estudio. Esto hace la reentrada en la sociedad más difícil. Temen que los demás descubran su pasado como hikikomori, y se muestran vacilantes con la gente, especialmente si son desconocidos.

Su miedo a la presión social puede convertirse en ira, y la pérdida del marco de referencia social puede conducir también a un comportamiento violento o delictivo. Algunos hikikomori atacan a sus padres. Algunos crímenes han sido cometidos por ellos. En el año 2000, un hikikomori de 17 años secuestró un autobús y mató a un pasajero. Otro caso extremo fue el de un hikikomori que secuestró a una chica joven y la tuvo en cautiverio durante nueve años. Otro mató a cuatro chicas para recrear escenas de un manga hentai (cómic pornográfico). Es difícil conseguir cifras exactas, ya que muchas familias no hablan de estos problemas.

TRATAMIENTO:

Hay diferentes opiniones sobre el tratamiento que debe seguir un hikikomori, y las opiniones a menudo se dividen en un punto de vista japonés y otro occidental. Los expertos japoneses normalmente sugieren esperar hasta que el hikikomori se reincorpore a la sociedad por su propia voluntad, mientras que los médicos occidentales piensan que hay que forzarlo si es necesario. En cualquier caso es necesaria una ayuda psicológica, ya que muchos padres se ven abrumados por los problemas de un hikikomori. Aunque hay algunos médicos y clínicas especializados en ayudar a jóvenes hikikomori, muchos de ellos y sus padres aún sienten falta de apoyo a sus problemas.

Fuente...........................http://es.wikipedia.org/wiki/Hikikomori

DEPENDENCIA TECNOLÓGICA

DEPENDENCIA TECNOLÓGICA

Recientemente en la ciudad japonesa de Hirata, el alcalde decretaba un "día sin ordenadores" a la semana en todas las oficinas del ayuntamiento. Se trataba de un intento de combatir la dependencia de la tecnología que se está produciendo en Japón, especialmente entre los jóvenes. Según el alcalde de Hirata, Mitsuyasu Ota, es importante que los empleados hagan el pequeño esfuerzo de escribir a mano para valorar la escritura, ya que cada vez se cometen más errores al escribir con procesadores de textos. Por otra parte, el estar sentado todo el día delante del ordenador dificulta el contacto humano.

El alcalde decretó la medida al darse cuenta de lo dependiente que eran del ordenador no sólo los empleados, sino también él mismo. El día "sin ordenador" es bastante impopular entre los empleados más jóvenes, que consideran que la mayor parte del trabajo se deja de hacer ese día, ya que el 90% de los documentos escritos se realizan mediante ordenador.

Esta noticia procedente de Japón nos puede hacer reflexionar sobre la tecnología y la dependencia que produce su uso. Pero quizás con un poco más de profundidad de lo que la noticia parece sugerir.

En los últimos años se han generado multitud de cambios provocados por las novedades tecnológicas. No hace tanto tiempo que el único modo de lavar la ropa (por parte de las mujeres) era ir al río o, en el mejor de los casos, reunirse en un lavadero acondicionado al efecto por parte de las autoridades municipales. Ahora es prácticamente inconcebible un hogar sin lavadora y la vida se nos complica cuando no podemos hacer uso de ella. Podíamos seguir poniendo ejemplos como la plancha o cualquier otro electrodoméstico (cada cual tendrá sin duda el suyo propio, del que le aterraría tener que prescindir). Evidentemente, esto también produce dependencia tecnológica. Sin embargo no nos imaginamos a Mitsuyasu Ota decretando un "día sin electrodomésticos" En general, nos preocupa más la dependencia creada por los ordenadores, y no precisamente cuando estos nos facilitan una tarea tan inocente como la que puedan desarrollar con ellos los trabajadores de las oficinas estatales del ayuntamiento en Hirata o en cualquier otro lugar. ¿Nos preocupan los ordenadores porque están realizando tareas que hace algunos años se hubiesen considerado exclusivamente humanas?, ¿porque tienen que ver con el pensamiento?

Es evidente que el mal uso del ordenador en tareas relacionadas con el pensamiento puede traer como consecuencia el peor funcionamiento de la mente al no ejercitarla. Bastará un ejemplo, que puede sorprenderles a aquellos que estén alejados del mundo universitario. Ya no es anecdótico encontrar a estudiantes universitarios que recurren al ordenador para saber cuál de las siguientes es la operación que no se puede realizar: 3 dividido por cero o cero dividido por 3. Al calcular con el ordenador ambos cocientes, será incorrecto aquel para el que la respuesta es "E" (es decir, error), concretamente 3 dividido por cero (pues cero dividido por tres es igual a 0). Junto a sus aplicaciones en los cálculos matemáticos, también podríamos pensar que el uso de los procesadores de texto con correctores ortográficos incorporados hará que, a la larga, los usuarios olviden la correcta ortografía de las palabras.

Sin embargo, seguimos pensado que ambos ejemplos son insignificantes. No son ninguno de ellos los causante del pánico causado por el virus "I love You". Los ordenadores realizan otras tareas de mayor alcance relacionadas con el intelecto humano; hablamos de tareas que incluyen tanto el control como la supervisión de actividades tales como el tráfico aéreo, operaciones quirúrgicas, gestión bancaria, actividades militares....., por no citar partidas de ajedrez o la demostración automática de teoremas como base para insospechadas actividades enmarcadas en la llamada Inteligencia Artificial.

La iniciativa de Mitsuyasu Ota es difícil de entender porque de todas las tareas citadas no están ajenos sus conciudadanos tecnólogos, ni el gobierno de Japón. Este último ha puesto en marcha, desde el Ministerio de Industria, el programa "Human Media" en el que convergen la Inteligencia Artificial, la Realidad Virtual y la Tecnología Kansei (tecnología de las emociones) con un ambicioso objetivo: sustituir las actuales máquinas electrónicas por otras con las que el operador humano se pueda comunicar con el lenguaje natural, los gestos y las expresiones del rostro. ¿Se opondrá Mitsuyasu Ota al proyecto "Genoma Humano" en el que Japón participa con fondos públicos junto a EEUU, Reino Unido y Francia, en el que tan importante papel han tenido que ver los ordenadores en el desciframiento del genoma y del que se especula que permitirá desarrollar nuevos medicamentos contra enfermedades como el cáncer, el Parkinson o el Alzheimer y prevenir la corrección de defectos genéticos antes del nacimiento?

Pocos estamos dispuestos a renunciar a las ventajas de estas nuevas tecnologías. ¿Podemos pensar que dirían los asesores bursátiles? ¡No le pediremos que se olviden del ordenador! Tampoco pediremos a arquitectos e ingenieros que no tengan dependencia de los programas de diseño asistido por ordenador, ni prescindir de los programas para la prospección de depósitos de minerales o los programas de simulación como "bancos de prueba" en Aeronaútica. No pediremos a los investigadores en Oncología que se olviden de los avances en Bioinformática para la detección de tumores. Y ¿qué decir de todo el nuevo mundo creado por el uso de la "red"?

Nos sentimos orgullosos de los beneficios que nos proporcionan los avances en las nuevas tecnologías. Pero, a fe de ser sinceros, lo que nos preocupa es si "podrán actuar en nuestra contra". Nos preocupa conocer que los circuitos electrónicos son ya un millón de veces más rápidos que el disparo de las neuronas en el cerebro y tienen una exactitud cronométrica y una precisión que están lejos de poseer las células nerviosas. Nos preocupa conocer los avances en redes neuronales artificiales, con capacidades crecientes de aprendizaje a medida que se profundiza en la organización de los sistemas de conexiones de las neuronas en el cerebro. Nos preocupa pensar que conocidos investigadores afirman que llegará un momento en que los ordenadores alcancen y sobrepasen las capacidades mentales humanas. Nos preocupa pensar en las palabras de Roger Penrose en su libro ’Las sombras de la mente’: "Podemos esperar que pronto tendremos ordenadores con una gran inteligencia propia, ... podríamos pedirles consejo, podrían resolver los problemas de la humanidad ... ¿Harían a los seres humanos prescindibles?"

La preocupación es tal que algunos teóricos del derecho están empezando a plantearse si, en el futuro, habría que considerar que los ordenadores puedan tener responsabilidades o derechos legales. Y es que, quizás, el miedo a que el hombre dependa de la máquina sea el reflejo actual del mito de Frankenstein y, de alguna forma, en el subconsciente colectivo este arquetipo siga susurrándonos que nuestra creación acabará por destruirnos.

Autor: Gabriel Aguilera. Licenciado en Matemáticas y Doctor en Informática. | 2001

¿Cómo funciona la goma de borrar?

¿Cómo funciona la goma de borrar?

Cuando escribimos con un lapicero sobre un papel, el carbón de la mina se queda fijamente pegado a la superficie de la hoja a causa de la fuerza de adhesión. Las gomas de borrar utilizan un truco muy sencillo. El material del que están hechas -caucho, generalmente- tiene una mayor fuerza de adhesión que el papel, por lo que tira del carbón hacia sí. Adicionalmente, la sustancia base está mezclada con azufre y aceites especiales para eliminar la suciedad. Estos componentes son los encargados de que, al borrar, el carboncillo se quede pegado a los minúsculos pedacitos de goma que se desprenden. Indeciso

¿Cómo se hacen las rayas del dentífrico?

¿Cómo se hacen las rayas del dentífrico?

Riendo Las técnicas para conseguir que la pasta de dientes presente rayas coloreadas varían según los fabricantes. Uno de 105 métodos consiste en rellenar el tubo de pasta dentífrica blanca y colocar -paralelas a las paredes del mismo- cuatro tiras de crema dentífrica de color. Al presionar el tubo, la pasta blanca y la de color salen juntas, pero sin mezclarse. Otro de los sistemas más utilizados precisa de un inyector-mezclador. junto al tapón, y a lo largo de un centímetro, el tubo se encuentra repleto de crema dentífrica de color. Desde la abertura hacia el interior del tubo sale un estrecho cilindro que atraviesa la pasta de color. Éste lleva cuatro minúsculos orificios, colocados lateralmente. Cuando se aprieta el tubo, por el orificio central sale la pasta blanca, y a través de los orificios laterales se vierte la pasta coloreada.

¡¡La cultura me persigue .... pero yo soy más rápida!!

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QUE XULI PIRULIIIIIYO!! TENGO UN BLOG...Y ESO PA K LO K ES?

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